APANDO JOSE REVUELTAS LIBRO PDF

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Author:Makree Kazraktilar
Country:Chad
Language:English (Spanish)
Genre:Technology
Published (Last):15 November 2017
Pages:35
PDF File Size:3.87 Mb
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ISBN:846-6-86020-690-8
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A excepcin tal vez de los cuentos, toda mi novelstica se podra agrupar balo el denominativo comn de Los das terrenales, con sus diferentes nombres: El luto humano, Los muros de agua, etctera. Y tal vez a la postre eso vaya a ser lo que resulte, en cuanto la obra est terminada o la d yo por cancelada y decida ya no volver a escribir novela o me muera y ya no pueda escribirla. E s prematuro hablar de eso, pero mi inclinacin sera sa y esto le recomendara a la persona que de casualidad est recopilando mi obra, que la recopile bajo el nombre de Los das terrenales.

Jos Revueltas: entre lcidos y atormentados, entrevista por Margarita Garca Flores, Diorama de la Cultura, Exclsior, 16 de abril de Edicin original: [Ediciones Era, S. Avena , Mxico 13, D. Impreso y hecho en Mxico Printed and Made in Mxico H U M A N I D A D E S A Pablo Neruda listaban presos ah los monos, nada menos que ellos, mona y mono; bien, mono y mono, los dos, en su jaula, todava sin desesperacin, sin desesperarse del todo, con sus pasos de extremo a extremo, detenidos pero en movimiento, atrapados por la escala zoolgica como si alguien, los dems, la humanidad, i m piadosamente ya no quisiera ocuparse de su asunto, de ese asunto de ser monos, del que por otra parte ellos tampoco q u e r a n enterarse, monos al f i n , o no sainan n i queran, presos en cualquier sentido que se los mirara, enjaulados dentro del cajn de altas rejas de dos pisos, dentro del traje azul de p a o y la escarapela brillante encima de la cabeza, dentro de MI ir y venir sin amaestramiento, natural, sin embargo fijo, que no acertaba a dar el paso que pudiei.

L a cabeza hbil y cuidadosamente II recostada sobre la oreja izquierda, encima de la plancha horizontal que serva para cerrar el angosto postigo, Polonio los miraba desde lo alto con el ojo derecho clavado hacia la nariz en tajante lnea oblicua, cmo iban de un lado para otro dentro del cajn, con el manojo de llaves que sala por debajo de la chaqueta de p a o azul y golpeaba contra el muslo al balanceo de cada paso.

Uno primero y otro despus, los dos monos vistos, tomados desde arriba del segundo piso por aquella cabeza que no p o d a disponer sino de u n solo ojo para mirarlos, la cabeza sobre la charola de Salom, fuera del postigo, la cabeza parlante de las ferias, desprendida del tronco igual que en las ferias, la cabeza que adivina el porvenir y declama versos, la cabeza del Bautista, slo que a q u horizontal, recostada sobre la oreja, que no dejaba mirar nada de all abajo al ojo izquierdo, n i c a m e n t e la superficie de hierro de la plancha con que el postigo se cierra, mientras ellos, en el cajn, se entrecruzaban al ir de un lado para otro y la cabeza parlante, insultante, con una entonacin larga y lenta, llorosa, cnica, arrastrando las vocales en el ondular de algo como una meloda de alternos acentos contrastados, los mandaba a chingar a su madre cada vez que uno y otro incida dentro del plano visual del ojo libre.

Estaban presos. Mas presos que Polonio, m s presos que Albino, m s presos que El Car ajo. Durante algunos segundos el Cajn rectangular quedaba vaco, como si a h no h u hiera monos, al i r y venir de cada uno de ellos, cuyos pasos los h a b a n llevado, en sentido opuesto, a los extremos de su jaula, treinta metros m s o menos, sesenta de ida y vuelta, y aquel espacio virgen, adimensional, se converta en el territorio soberano, inalienable, del ojo derecho, terco, que vigilaba milmetro a m i l m e t r o todo cuanto pudiera acontecer en esta parte de la C r u j a.

Monos, archimonos, estpidos, viles e inocentes, con la inocencia de una puta de diez aos de edad. T a n estpidos como para no darse cuenta de que los presos eran ellos y no nadie ms, con todo y sus madres y sus hijos y los padres de sus padres. Todo era u n no darse cuenta de nada. De la vida. Sin darse cuenta estaban a h dentro de su cajn, marido y mujer, marido y marido, mujer e hijos, padre y padre, hijos y padres, monos aterrados y universales.

El Carajo suplicaba mirarlos l t a m b i n por el postigo. Polonio pens todo lo odioso que era tener a h a El Carajo igualmente encerrado, apandado en la celda. Claro que no poda. L a maldita y desgraciada madre que lo h a b a parido.

Durante las visitas en la sala de defensores u n cuarto estrecho, de superficie irregular, con bancas, lleno de gente, reclusos y familiares, donde era fcil distinguir a los abogados y tinterillos m s a stos por el aplomo y el aire de innecesaria astucia con que se referan a u n determinado escrito, en un bisbiseo lleno de afectacin, solemne y tonto, cuyas palabras deslizaban al odo de sus clientes, mientras dirigan r p i d a s miradas de falsa sospecha hacia la puerta recursos mediante el que lograban producir, del mismo modo, una mayor perplejidad a la vez que u n acrecentamiento de la fe, en el n i m o de sus defensos , durante estas entrevistas, la madre de El Carajo, asombrosamente tan fea como su hijo, con la huella de un navajazo 1 "!

L a cosa era que de cuando en liando lanzaba u n suspiro espeso y ronco. Nadien, este Mural triste. De nadie era la culpa, del destino, de I i vida, de la pinche suerte, de nadien. Por haberte tenido. L a madre tambin lo deseaba con igual fuerza, con la misma insicdad, se vea. A propsito se arrimaba a la puerta de la celda u n da u otro, cualquiera de aquellos en que deba permanecer apandado dentro, a h junto al quicio, para que el arroyo de la sangre que le brotaba de la vena saliera cuanto antes al estrecho a n d n , en el piso superior de la C r u j a , y de a h resbalara al patio, con lo que se formaba entonces un charco sobre la superficie de cemento, y calculado el tiempo en que esto h a b r a ocurrido, El Carajo ya se senta con la confianza de que se dieran cuenta de su suicidio y lanzaba entonces sus aullidos de perro, sus resoplidos de fuelle roto, sin morirse, nada m s por escandalizar y que lo sacaran del apando a Enfermera, donde se las agenciaba de a l g n modo para conseguir la droga y volver a empezar de nuevo otra vez, cien, m i l veces, sin encontrar el f i n , hasta el apando siguiente.

En una de stas fue cuando Polonio lo conoci, mientras E l Carajo, a mitad de uno de los senderos en el j a r d n de E n f e r m e r a , bailaba una suerte de danza semi-ortopdica y recitaba de un modo atropellado y febril versculos de la Biblia. Llevaba al cuello, a guisa de corbata, una cuerda pringosa, y a travs de los jirones de su chaqueta azul se vean, con los ademanes de la danza, el pecho y el torso desnudos, llenos de b r b a r a s cicatrices, y bajo la piel, de lejanos y desvados tatuajes.

Era una fresr. I Irxionaba la pierna sana, la tullida en posicin de l i n i i c s , las manos en la cintura y la punta de los pies hteia afuera, en la posicin de los guerreros de cierl. Entonces el ojo pareca moi rsele, quieto y artificial como el de u n ave. Era ma ese ojo muerto con el que miraba a su madre en l. Como m s o menos de esto se trataba y Polonio era el autor del plan, t r a t de convencerla y al f i n sin muchos trabajos ella estuvo dispuesta.

L a cosa era as, por dentro, algo maternal. Polonio se ri y las dos mujeres, Meche y L a Chata igual, contentas por lo maciza, por lo macha que resultaba ser la vieja haber aceptado. Pero bueno: claro que nadie pensaba que la madre quisiera servirse del asunto p a una cosa distinta de la que se p r o p o n a n llevar a abo, y aquello no era sino una explicacin.

L a gasa iba a llevar, dentro de u n nudo bien slido, unos veinte o treinta gramos de droga que las otras dos mujeres le entregaran a la madre de El Carajo. E l recuerdo y la idea y la imagen cegaban de celos la mente de Polonio, pero extraos, totales, una especie de no poder estar en el espacio, no eni mitrarse, no dar l mismo con sus propios lmites, ambiguo, despojado, unos celos en la garganta y en el plexo solar, con una sensacin cosquilleante, floja 21 y atroz, involuntaria, atrs del pene, como de cierta eyaculacin previa, no verdadera, una especie de contacto sin semen, que aleteaba, vibraba en diminutos crculos microscpicos, tangibles, m s all del cuerpo, fuera de todo organismo, y La Chata a p a r e c a ante sus ojos, jocunda, bestial, con sus muslos cuyas lneas, en lugar de juntarse para incidir en la cuna del sexo, cuando ella u n a las piernas, aun dejaban por el contrario un p e q u e o hueco separado entre las dos paredes de piel slida, tensa, joven, estremecedora.

Si era visto a travs del vestido, a contraluz y a q u sobrevena una nostalgia concreta, de cuando Polonio andaba libre: los cuartos de hotel olorosos a desinfectantes, las sbanas limpias pero no muy blancas en los hoteles de medio pelo, L a Chata y l de un lado a otro del pas o fuera, San Antonio Texas, Guatemala, y aquella vez en Tampico, al caer de la tarde sobre el ro Panuco, L a Chata recostada sobre el balcn, de espaldas, el cuerpo desnudo bajo una bata ligera y las piernas levemente entreabiertas, el monte de Venus como un capitel de vello sobre las dos columnas de los muslos aquello resultaba imposible de resistir y Polonio, con las mismas sensaciones de estar posedo por u n trance religioso, se arrodillaba temblando para besarlo y hundir sus labios entre sus labios.

L a madre ilc El Car a jo llevara all dentro el paquetito de droga aunque los planes se hubieron frustado inesperadam e n t e por culpa de esto del apando no se alteraban por lo que se refera al papel que la madre iba a deriupear, el paquetito para alimentarle el vicio a ii hijo, como antes en el vientre, t a m b i n dentro de ella, lo h a b a nutrido de vida, del horrible vicio de v i vir, de arrastrarse, de desmoronarse como El Car a jo se desmoronaba, gozando hasta lo indecible cada pedazo de vida que se le caa.

Ahora mismo enlazaba con el brazo el cuello de Polonio suplicndole que lo dejara mirar por el postigo, y a un lado de la nuca, iiii poco a t r s y debajo de la oreja, Polonio senta sobre la piel el beso h m e d o de la llaga purulenta en lie se h a b a convertido una de las heridas no cical rizadas de El Carajo, los labios de u n beso de ostra que lo mojaba con algo semejante a u n hilito de saliva que le corra por el cuello hacia la espalda, todo por descuido, por la incuria m s infeliz y el abandono sin esperanza al que se entregaba.

Polonio le dio un puetazo en el estmago, con la mano izquierda, un torpe p u e t a z o a causa de la incmoda posicin en que estaba, con la cabeza metida en el postigo, y un p u n t a p i abajo, ste mucho mejor, que lo hizo rodar hasta la pared de hierro de la celda, 23 con un grito sordo y sorprendido.

Hablaba como un nio, m i m a m , cuando deba decir m i puta madre. De verdad as. Fue necesario improvisar nuevos planes y la encargada de llevarlos a cabo era Meche, la mujer de Albino.

N o v e n d r a n a visitarlos a ellos sino con el nombre de otros reclusos, pues ahora ellos no t e n a n derecho a visita, ya que estaban apandados. E l que se desesperaba m s en el apando era Albino, tal vez por ser el m s fuerte, hasta llorar por la falta de droga, pero sin recurrir a cortarse las venas aunque todos los viciosos lo h a c a n cuando ya la angustia era insoportable.

H a b a sido soldado, marinero y padrote, pero con Meche no, ella no se dejaba padrotear, era mujer honrada, ratera s, pero cuando se acostaba con otros hombres no lo h a c a por dinero, nada m s por gusto, sin que Albino lo supiera, claro est. As se h a b a acostado con Polonio muchas veces. Estaba buena, mucho muy buena, pero era honrada, lo que sea de cada quien. Los primeros das del apando Albino los entretuvo y distrajo con su danza del vientre m s bien tan slo a Polonio, pues El Car ajo p e r m a n e c a hostil, sin entusiasmo y sin comprender ni mierda de aquello, una danza formidable, emocionante, de gran prestigio en el Penal, que p r o d u c a 24 i.

Era un cladero privilegio para Polonio haberlo contemplado aqu, a sus anchas, en la celda, por cuanto en otras partes Albino siempre p o n a enorme celo respecto a la composicin de su pblico, como buen juglar que se respeta, y desechaba a los espectadores inconvenientes desde su punto de vista, frivolos, poco serios, incapaces de apreciar las difciles cualidades de un autntico virtuoso.

E n el cubculo que serva para el registro de las visitas, las manos de la celadora la palpaban por encima del vestido despus v e n d r a lo otro, el dedo de Dios, pero Meche no se p o d a apartar de la cabeza, precisamente, la danza de Albino, una semana antes, en la sala de defensores, no bien terminaron de urdir los ltimos detalles del primer plan, del que h a b a fracasado a causa del apando, y la madre de El Carajo contemplaba las contorsiones del tatuaje con el aire de no comprender, pero con una solapada sonrisa en los labios, muy capaz de que t o d a v a hiciera el amor la vieja m u a , pese a sus cerca de sesentaitantos aos.

En el rincn de la sala, a cubierto de las d e m s miradas por el muro de las cinco personas: las tres m u jeres, El Carajo y Polonio, se h a b a desbraguetado los pantalones, la camiseta a la cintura como el teln de un teatro que se hubiera subido para mostrar la escena, y animaba con los fascinantes estremecimien26 tos de su vientre aquel coito que emerga de las lneas.

Desvestida ya de su ropa interior Meche presenta los prximos movimientos de la mano de la celadora, y la agitaban entonces, cosa que. Por ejemplo, la respiracin agitada y sin embargo reprimida, contenida, o mejor dicho, ese resoplar intermedio, n i muy suave n i muy violento y ahora se daba cuenta que haba sido n i c a m e n t e por la nariz de Albino, 27 sobre su monte de Venus, porque ya estaban aqu, inexorables, acuciosos, el pulgar y el ndice de la celadora que le e n t r e a b r a los labios, mientras de sbito, con el dedo medio, comenzaba una sospechosa exploracin interior, amable y delicada, en u n pausado i r y venir, los ojos completamente quietos hasta la muerte.

Se trataba de entrar a la Cruja con la visita general, y dispersas, confundidas entre los familiares de los d e m s presos, plantarse las tres mujeres por sorpresa ante la celda del apando, dispuestas a todo hasta que no se les levantara el castigo a sus hombres, inmviles y fijas a h para la eternidad, como fieles perras rabiosas. Meche no poda lormular de un modo coherente y lgico, n i con palabras n i con pensamientos, lo que le pasaba, el gnero de este acontecer enrarecido y el lenguaje nuevo, secreto y de peculiaridades nicas, privativas, de que NC servan las cosas para expresarse, aunque m s bien no eran las cosas en general n i en su conjunto, sino i d a una de ellas por separado, cada cosa aparte, especfica, con sus palabras, su emocin y la red subteminea de comunicaciones y significaciones, que al 29 margen del tiempo y del espacio, las ligaba a unas con otras, por m s distantes que estuviesen entre s y las converta en smbolos y claves imposibles de ser comprendidas por nadie que no perteneciera, y en la forma m s concreta, a la conjura biogrfica en que las cosas mismas se autoconstituan en su propio y h e r m t i c o disfraz.

Arqueologa de las pasiones, los sentimientos y el pecado, donde las armas, las herramientas, los rganos abstractos del deseo, la tendencia de cada hecho imperfecto a buscar su consanguinidad y su realizacin, por m s incestuoso que parezca, en su propio gemelo, se aproximan a su objeto a travs de una larga, insistente e incansable aventura de superposiciones, que son cada vez la imagen m s semejante a eso de que la forma es u n anhelo, pero que nunca logra consumar, y quedan como subyacencias sin nombre de una cercana siempre incompleta, de inquietos y apremiantes signos que aguardan, febriles, el instante en que puedan encontrarse con esa otra parte de su intencin, al contacto de cuya sola presencia se descifren.

As un rostro, una mirada, una actitud, que constituyen el rasgo propio del objeto, se depuran, se complementan en otra persona, en otro amor, en otras situaciones, como los horizontes arqueolgicos donde los datos de cada orden, u n friso, una grgola, un bside, una cenefa, no MU sino la parte mvil de cierta desesperanzada eternidad, con la que se condensa el tiempo, y donde Lis manos, los pies, las rodillas, la forma en que se mira, o un beso, una piedra, un paisaje, al repetirse, N perciben por otros sentidos que ya no son los misinos de entonces, aunque el Pasado apenas pertenezca al minuto anterior.

Cuando Meche traspona la p r i m e r a reja hacia el patio que comunicaba con las d i ligentes crujas, dispuestas radialmente en torno de un corredor o redondel donde se ergua la torre de v i gilancia u n elevado polgono de hierro, construido para dominar desde la altura cada uno de los ngulos de la prisin entera, todava estaban fijos en su mente, quietos, imperturbables y atroces, los ojos de la celadora, negros y de una elocuencia mortal, como si se la hubieran quedado mirando para siempre.

Polonio ya no pudo soportar por m s tiempo con la cabeza incrustada en el postigo, y decidi ceder el puesto de viga para que Albino lo ocupara, pero al mirar de soslayo muy forzadamente hacia el interior de la celda, le pareci advertir movimientos extraos, a la vez que se daba cuenta de que El Car ajo h a b a cesado de gemir despus de haberlo hecho sin parar desde que recibiera el p u e t a z o en el estmago.

En realidad p e n s no le faltaban razones para hacerlo, pero que esperara un poco, lo m a t a r a n entre los dos en circunstancias m s propicias y cuando la droga ya estuviera segura en sus manos, no antes n i a q u dentro de la celda, pues el plan p o d r a venirse a tierra y, lo quisieran o no, la madre de El Carajo contaba de modo principal en todo aquello. Era cuestin de pensar bien d n d e y c u n d o matarlo despus o despuesito, si as lo quera A l b i n o , pero todas las cosas en su punto.

Los golpes no h a b a sido para tanto y a m s y mayores y m s brutales estaba acostumbrado su cuerpo miserable, as que esta impostura del dolor, hecha tan slo para apiadar y para rebajarse, obtena los resultados opuestos, una especie de asco y de odio crecientes, una clera ciega que desataba desde el fondo del corazn los m s vivos deseos de que sufriera a extremos increbles y se le infligiera a l g n dolor m s real, m s autntico, capaz de hacerlo pedazos y aqu 32 un recuerdo de su infancia , igual a una t a r n t u l a maligna, con la misma sensacin que invade los sentidos cuando la a r a a , bajo el efecto de u n cido, se encrespa, se encoge sobre s misma produce, por otra parte, u n ruido furioso e impotente, se enreda entre sus propias patas, enloquecida, y sin embargo no muere, no muere, y uno quisiera aplastarla pero tampoco tiene fuerzas para ello, no se atreve, le resulta imposible hasta casi soltarse a llorar.

G e m a en un tono ronco, blando, gargajeante, con el que simulaba, a ratos, u n estertor lastimoso y desvergonzado, mientras en su ojo sucio y lleno de l g r i m a s lograba hacer que permaneciera quieta, conmovedora, transida de piedad, una implorante mirada de profunda autocompasin, hipcrita, falsa, repleta de malvolas reconditeces.

Si Polonio y Albino h a b a n hecho alianza con l, era tan slo porque la madre estaba dispuesta a servirles, pero liquidado el negocio, a volar con el tullido, que se largara mucho a la chingada, matarlo iba a ser la n i c a salida, la nica forma de volverse a sentir tranquilos y en paz. Libre de las garras de Albino, El Carajo q u e d como u n saco inerte en el rincn. Estuvo a punto de que Albino lo estrangulara, en realidad, y ya no se atreva a gemir n i a manifestar 33 protesta alguna.

Con una mano que ascendi torpe y temblorosa sobre su pecho, se acariciaba la garganta y se mova la nuez entre los dedos como si quisiera reacomodarla en su sitio. E l ojo le brillaba ahora con u n horror silencioso, lleno de una estupefaccin con la que pareca haber dejado de comprender, de sbito, todas las cosas de este mundo. N o m s en cuanto el plan se llevara a cabo y la situacin tomara otro curso, pensaba contrselo a su madre, decirle de los sinsabores espantosos que p a d e c a , y c m o ya no le importaba nada de nada sino nada ms el p e q u e o y efmero goce, la tranquilidad que le p r o d u c a la droga, y c m o le era preciso librar u n combate sin escapatoria, minuto a minuto y segundo a segundo, para obtener ese descanso, que era lo nico que l amaba en la vida, esa evasin de los tormentos sin nombre a que estaba sometido y, literalmente, cmo deba vender el dolor de su cuerpo, pedazo a pedazo de la piel, a cambio de un lapso indefinido y sin contornos de esa libertad en que naufragaba, a cada nuevo suplicio, m s feliz.

Introducir o sacar la cabeza en este rectngulo de hierro, en esta guillotina, trasladarse, trasladar el c r n e o con todas sus partes, la nuca, la frente, la nariz, las orejas, al mundo exterior de la celda, colocarlo a h del mismo modo que la cabeza de un ajusticiado, irreal a fuerza de ser viva, requera 34 un e m p e o cuidadoso, minucioso, de la misma manera en que se extrae el feto de las e n t r a a s maternas, u n tenaz y deliberado autoparirse con forceps que arrancaban mechones de cabello y que a r a a b a n la piel.

Ayudado por Polonio, Albino t e r m i n por colocar la cabeza ladeada encima de la plancha. All abajo estaban los monos, en el cajn, con su antigua presencia inexplicable y vaca de monos prisioneros. A tiempo de recostar la espalda contra la puerta, j u n to al cuerpo guillotinado de Albino, Polonio prendi lumbre a un cigarro y aspir larga y profundamente con todos sus pulmones. E l sol caa a la mitad de la celda en u n corte oblicuo y cuadrangular, una columna maciza, corprea, dentro de cuya radiante masa se m o v a n y entrechocaban con sonmbula vaguedad, errticas, distradas, confusas, las p a r t c u l a s de polvo, y que trazaba sobre el piso, a corta distancia de Polonio, el marco de luz con rejas verticales de la ventana.

A l otro lado del contrafuerte solar, la figura de El Car ajo, rencorosa y muda, se desdibujaba en la sombra. Los impetuosos montones de la bocanada de humo que solt Polonio, invadieron la zona de luz con el desorden arrollador de las grupas, los belfos, las patas, las nubes, los arreos y el tumulto de su caballera, encimndose y revolvindose en la lucha cuerpo a cuerpo de sus propios volmenes cambiantes 35 y pausados, para en seguida, poco a poco, a merced del aire inmvil, integrarse con leve y sutil cadencia en una quietud horizontal, a semejanza de la revista victoriosa de diversas formaciones militares despus de una batalla.

A q u el movimiento transfera sus formas a la ondulada escritura de otros ritmos y las lentsimas espirales se conservaban largamente en su i n s t a n t n e a condicin de dolos borrachos y estatuas sorprendidas.

L a voz de Albino le lleg del otro lado de la puerta de hierro, queda, confidencial, con ternura. L a visita. L a droga. Los cuerpos del humo deslean sus contornos, se enlazaban, construan relieves y estructuras y estelas, sujetos a su propio ordenamiento el mismo que decide el sistema de los cielos ya puramente divinos, libres de lo humano, parte de una naturaleza nueva y recin inventada, de la que el sol era el demiurgo, y donde las nebulosas, apenas con u n soplo de geometra, antes de toda Creacin, ocupaban la libertad de un espacio que se h a b a formado a su propia imagen y semejanza, como u n inmenso deseo interminable que no deja de realizarse nunca y no quiere ceir j a m s sus lmites a nada que pueda contenerlo, igual que Dios.

Pero a h estaba El Carajo, un anti-Dios maltrecho, carcomido, que empez a sacudirse con las broncas convulsiones de una tos frenti36 ca, galopante, que lo h a c a golpear con el cuerpo en forma e x t r a a , intermitente y a u t n o m a , con el ruido sordo y en fuga de u n bong al que le hubieran aflojado el parche, el muro del rincn en que se apoyaba. Pareca u n endemoniado con el ojo de buitre colrico al que asomaba la asfixia. Las lneas, las espirales, los caracoles, las estatuas y los dioses enloquecieron, huyeron, dispersos y resquebrajados por las trepidaciones de la tos.

Le faltaba u n p u l m n y a la mejor Albino h a b r a apoyado la rodilla con demasiada fuerza contra su pecho cuando, momentos antes, tratara de estrangularlo. Era u n verdadero estorbo este t u llido. Con gran esfuerzo Albino sac la mano por el postigo, pegada al rostro y encima de la nariz, con el propsito de estar listo a recibir la droga en el momento en que las mujeres se aproximaran a la puerta de la celda.

De pronto una espantosa rabia le ceg la vista: esa p e q u e a costra h m e d a , no endurecida todava, el pus, el pus de la herida abierta de El Carajo que ste le dejara adherido a la mano durante el forcejeo y que Albino estuvo a punto de untarse en los labios. C e r r los ojos mientras temblaba con u n tintineo de la cabeza sobre la plancha de hierro, a causa de la violencia bestial con que t e n a apretados los dientes.

Estaba decidido a matarlo, decidido con todas las potencias de su alma. N o t a r d a r a en comenzar el desfile de los familiares, pues las dos puertas del cajn, una frente a la otra en cada reja, ya estaban sin candado, para permitirles la entrada. Ellas no llegaran juntas, sino a distancia, confundidas entre las visitas.

Albino conjeturaba acerca de cul sera la primera en aparecer, si L a Chata, la madre o Mercedes, M e che, con su bello cuerpo, con sus hombros, con sus piernas, alada, incitante. Pero como que la evocacin de Meche en las circunstancias de este momento, se distorsionaba a influjo de nuevos factores, inciertos y llenos de contradicciones, que a a d a n al recuerdo una atmsfera distinta, un toque original y e x t r a o : Meche v e n d r a de pasar por una experiencia cuyos detalles ignoraba Albino pero que, desde que lo supo, una semana antes cuando planeaban la forma de introducir la droga al Penal y Polonio h a b a pensado en servirse de la madre de El Carajo p e r m a n e c a fija en su mente en una forma u otra, pero aludiendo en todo caso a imgenes fsicas concretas.

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Ensayo Del Libro "El Apando" De José Revueltas

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El Apando: la historia que denunció la miseria de las cárceles mexicanas

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